Las autoridades sanitarias advierten:
Hoy no quiero hablar de política, ni de ciencia ni de cultura. Hoy no quiero hablar sobre educación. Lo que hoy quiero, es hablar de corazón. Y no me refiero a ese músculo que con su ritmo da el acompañamiento a nuestras vidas. Quiero hablar del sentimiento, o de una parte de él, la nostalgia.
Ayer, mientras tomaba el cortado de todos los días, en un agradable bar de la Gran Vía. Leía el periódico que el camarero de turno siempre me ofrece al llegar. Entre noticias de elecciones y especulaciones, Milán y su orejona y algún que otro desagradable suceso, en una esquinita, como no queriendo llamar la atención, había una entrevista que hizo humedecer mis ojos. La sección se titulaba, granadinos en el mundo, y entrevistaban a una joven estudiante granadina afincada en París.
Apenas leí lo que decía, porque mi mente voló a aquella ciudad, a aquel rincón, tan conocido para mi, donde ella era fotografiada para la publicación.
No olvidaré jamás mi primera visita, era dieciseis de septiembre, y hacía algo de frío. El otoño que viajaba hacia España pasó primero por París y yo fui a su encuentro. RER B desde Charles de Gaulle, linea 1 desde Chatêlet hasta Hotel de Ville y salida por Rue de Lobeau. A mi izquierda se alzaba majestuosamente el ayuntamiento de la ciudad, y a mi derecha el del distrito. Estaba en pleno centro del corazón artístico e intelectual de Europa. Frente a mí, BHV y el barrio de Le Marais. Ese mismo día, Rue de Rivoli, Bastilla y poco más. No queria irme de ningún lugar, aunque me esperara algo mejor.
Durante una semana más estuve visitando París, con calma, sin preocuparme por si iba a darme tiempo a ver esto o lo otro. Tenía la certeza absoluta de que volvería pronto. Y así fue. 3 meses después estaba allí de nuevo. Esta vez no hubo RER B, ni Charles de Gaulle, ni Rue de Lobeau. Esta vez Orly y recogida en coche. Y cruzar París entero en la noche. Y ver a tu llegada todo su explendor, como una flor mostrándo toda su grandeza empapada de rocio al amanecer. Esta vez fueron quince días...
Y una vez tras otra fui viajando, como único destino París. Y día tras día, su aire penetraba en mis pulmones, su alma iba acariciando la mía, su aroma se diluía en mi sangre.
Hola, me llamo David, y soy adicto, y desde aquí quiero haceros una advertencia.
París es como una droga. Una vez, está bien. Dos, mejor. Pero cuidado con la tercera, porque ya no hay vuelta atrás y durante toda tu vida, esperarás el momento en el que tu avión pise suelo parisino, y tú puedas volver a respirar el aire mágico, fresco y adictivo de esa hermosa ciudad.
Ayer, mientras tomaba el cortado de todos los días, en un agradable bar de la Gran Vía. Leía el periódico que el camarero de turno siempre me ofrece al llegar. Entre noticias de elecciones y especulaciones, Milán y su orejona y algún que otro desagradable suceso, en una esquinita, como no queriendo llamar la atención, había una entrevista que hizo humedecer mis ojos. La sección se titulaba, granadinos en el mundo, y entrevistaban a una joven estudiante granadina afincada en París.

Apenas leí lo que decía, porque mi mente voló a aquella ciudad, a aquel rincón, tan conocido para mi, donde ella era fotografiada para la publicación.
No olvidaré jamás mi primera visita, era dieciseis de septiembre, y hacía algo de frío. El otoño que viajaba hacia España pasó primero por París y yo fui a su encuentro. RER B desde Charles de Gaulle, linea 1 desde Chatêlet hasta Hotel de Ville y salida por Rue de Lobeau. A mi izquierda se alzaba majestuosamente el ayuntamiento de la ciudad, y a mi derecha el del distrito. Estaba en pleno centro del corazón artístico e intelectual de Europa. Frente a mí, BHV y el barrio de Le Marais. Ese mismo día, Rue de Rivoli, Bastilla y poco más. No queria irme de ningún lugar, aunque me esperara algo mejor.
Durante una semana más estuve visitando París, con calma, sin preocuparme por si iba a darme tiempo a ver esto o lo otro. Tenía la certeza absoluta de que volvería pronto. Y así fue. 3 meses después estaba allí de nuevo. Esta vez no hubo RER B, ni Charles de Gaulle, ni Rue de Lobeau. Esta vez Orly y recogida en coche. Y cruzar París entero en la noche. Y ver a tu llegada todo su explendor, como una flor mostrándo toda su grandeza empapada de rocio al amanecer. Esta vez fueron quince días...
Y una vez tras otra fui viajando, como único destino París. Y día tras día, su aire penetraba en mis pulmones, su alma iba acariciando la mía, su aroma se diluía en mi sangre.
Hola, me llamo David, y soy adicto, y desde aquí quiero haceros una advertencia.
París es como una droga. Una vez, está bien. Dos, mejor. Pero cuidado con la tercera, porque ya no hay vuelta atrás y durante toda tu vida, esperarás el momento en el que tu avión pise suelo parisino, y tú puedas volver a respirar el aire mágico, fresco y adictivo de esa hermosa ciudad.

1 comentario:
LO QUE DIJE EN EL ARTÍCULO ANTERIOR ME REFERÍA A ESTE. PERDÓN POR EL ERROR, JEJE EJ QUE NO ESTOY ACOSTUMBRAO A RESPONDER. OTRA VEZ YO SIMPLEMENTE...JULK
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